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miércoles, 28 de junio de 2017

Experiencia escolar.

La experiencia escolar dentro del colegio básicamente se dividió en dos, los buenos momentos y los malos momentos, tanto académicos como sociales. Enmarcado en estos sucesos no podría elegir que etapa fue mejor para mí en el colegio, por un lado podría decir que mi rendimiento académico fue mejor en básica, por sobre el rendimiento que tuve en la media, pero también veo factores como amigos y conocidos que influyeron mucho en mi decisión. ¿Qué es lo que más les gustaba de la escuela? La respuesta a la pregunta es, lo que pude lograr al darme cuenta de mis capacidades, descubrir quién soy mediante los cursos que me gustaban y los cursos que me disgustaban, además del apoyo y amistad de las personas que consideraba, y aun considero, mis amigos.

No todo en la escuela es pasarlo bien, pero tampoco implica que el aspecto motivacional no influya en el rendimiento que podamos tener respecto a las evaluaciones y trabajos. En mi caso particular, lo que más odié del colegio fue la época en la que sufrí bulling por parte de mis compañeros. Golpes, burlas, exclusión, fueron algunas de las cosas que motivaron mi desapego a las experiencias escolares, me aislaba y de la misma manera dejé de prestar atención en las cosas que realmente importaban, mis notas. Por esta misma razón, el nivel educativo que recuerdo con mayor claridad, desafortunadamente, es la enseñanza básica, desde tercero a quinto básico, donde sufrí constantemente de bullying y malos tratos.

No todo lo malo dura para siempre, a pesar de tener momentos desagradables durante un tiempo, no significó que me rendiría para remediar las cosas. Una vez que los agresores o “gente inútil”, como solía decirles, se fueron del colegio, comencé a subir mi rendimiento y también a congeniar de mejor manera con mis otros compañeros, ahí fue donde se marcó un punto de inflexión y explotaron mis capacidades de escolarización.


Básicamente, y para finalizar, lo que sacó lo mejor de mi rendimiento académico fue el dejar de ser víctima de los demás, poder enfocarme en las cosas importantes y tener la presencia de gente agradable a mi alrededor para poder surgir y motivar mi aprendizaje.



Por Mario Gálvez

lunes, 5 de junio de 2017

Sobre mi experiencia escolar: Seis años y un día.


Mi experiencia en la última escuela a la cual asistí comienza desde el año 2003. Asistí al último año de educación básica formal para luego entrar a la liga de la educación media, contando séptimo y octavo básico como preámbulo en el cual nos prepararon para el salto hacia la división científico-humanista.

En estos seis años de formación se nos preparó para la prueba de selección universitaria P.S.U por medio de constantes actividades y pruebas que se desarrollaban a lo largo del año académico. Esto significo que ramos tales como filosofía, psicología, artes y música tuvieran menor participación. Cabe mencionar que esto es algo que, en mi opinión personal, completamente negativo ya que estos ramos tomaron el carácter de un mero taller extra curricular, durando un año o un semestre para luego desaparecer en el último año. El ramo de filosofía y de psicología solo se presentan en los dos primeros años de educación medía, impartiéndose solo uno por año. Esto implicaba que el desarrollo de las unidades fuera bajo para así poder desarrollar todos los contenidos exigidos al profesor. Por otro lado, los alumnos que tenían interés en estas aéreas se veían limitados a solo un año académico.

Lo anterior dio paso para que el colegio impartiera más horas de matemáticas y lenguaje. En cuarto año, y el ultimo de la formación media, el colegio hace una división de alumnos en estos ramos dividiéndolos entre los alumnos con mejores y menores promedio de notas en ambos cursos (científico y humanista) juntando así a los alumnos con mejor rendimiento en un curso más avanzado en donde se les presionaba más a la vez que se les impartía mayor contenido académico y mayor reforzamiento para las P.S.U. Estos reforzamientos iban de la mano de una gran presión por parte de los profesores, quienes siempre generaban comparaciones discriminatorias con otros alumnos de menor rendimiento.

Como contraparte de la situación anterior estaban los alumnos con menor rendimiento los cuales eran separados en otro curso en donde se les impartía clases con menor dificultad pero a su vez con menos contenido a comparación del otro curso. Los profesores que impartían los dos ramos mencionados eran diferentes y se enfocaban más en el desarrollo de las unidades que a presionar a los alumnos.

Esto es un aspecto, en lo personal, negativo puesto que el colegio segrega a los alumnos por sus capacidades académicas y coarta la posibilidad de desarrollo a aquellos que son puesto en el curso de menor rendimiento. De la misma forma los alumnos que son puestos en los curso de alto rendimiento se ven constantemente enfrentados a un estrés continuo por parte de los profesores lo que dificulta su desarrollo ya que se ven bajo constante presión para cumplir con los estándares exigidos por los profesores.

Pero no todo es negativo. Hubieron aspectos positivos en lo que fue mi experiencia como alumno. Existieron docentes que ampliaron mis gustos académicos en el rea de las artes como lo fue la música ya que estos indagaron más en la necesidad y capacidad de cada uno de nosotros. En el área de las ciencias y en lenguaje tuve profesoras que con paciencia y didácticas simples lograron que los alumnos con más dificultades lográramos aprender el contenido por igual.

Además en el área del lenguaje, en el diferenciado del mismo ramo, la profesora incentivaba al análisis y la reflexión crítica de textos propuestos por los mismos alumnos por lo que ayudó a ampliar e incentivar la lectura en los alumnos.

En conclusión, la disposición de algunos docentes en el área en que se desempeñaban sirvió para que existiera mayor interés y desarrollo por parte de los alumnos, mientras que en los aspectos negativos, se generaba una segregación por parte de profesores quienes comparaban negativamente a los alumnos y metían presión a los alumnos.




Por Leonardo Sandoval

Sobre mi experiencia escolar: Didactismo y compañerismo

Mi experiencia escolar, como muchas otras, es el resultado de buenas, malas y nulas relaciones entre los estudiantes como individuos y éstos mismos como un grupo frente al profesor de turno. En general, el comportamiento del alumnado se adaptaba a la disposición y a la imagen que entregaba el docente, algunos eran más temidos que respetados, lo que aseguraba un silencio casi sepulcral en el aula que, de todas maneras, no se traducía en buenas calificaciones y que, como suele ocurrir, se centraban únicamente en aquella estudiante destacada y su grupo de amigas. Sin embargo, habían otros profesores que, aunque no conseguían ese preciado silencio, sí podían llamar la atención de la estudiante y sus ganas de aprender, al menos en su mayoría. 

En mi caso, hubo dos profesores de lenguaje, ambos jóvenes y dinámicos que marcaron la diferencia. Por un lado, una recién egresada, sobresaliente, que se esmeraba en cada detalle, que cuidaba de las estudiantes con un cariño fraternal y se dedicaba a enseñar una y otra vez, grupo a grupo y de diversos modos para que todas pudieran entender e interesarse en la materia. Por otro lado, un actor dedicado a la docencia y con grandes conocimientos, que con cierto dramatismo y su cuota de humor podía animar clases normalmente “tediosas”. Algo que compartían ambos, era la cercanía que tenían con sus estudiantes, que desafiaban la tajante diferencia que impone la sociedad y el establecimiento educativo entre el rol del profesor y el alumnado. No se trataba sólo de pasar materia, había preocupación especial y particular para con las estudiantes que no sólo se reflejaba en la buena relación y conducta, sino también en las calificaciones finales.

Fueron pilar fundamental para muchas estudiantes de la generación, sobretodo considerando que el establecimiento era y es, actualmente, uno de aquellos que se esfuerza por el reconocimiento a través de sus buenos resultados en pruebas estandarizadas y que prepara tempranamente, a eso de séptimo básico, para la PSU. En este punto, era importante sentirse un poco menos presionadas por alguien, porque no es exagerado decir que ese colegio dejó a muchas de sus estudiantes con problemas nerviosos y sin poder lidiar con el estrés. Hay que considerar que, como establecimiento educativo para señoritas que forma parte de una red de colegios que se caracteriza por dar acceso y una buena educación para “todos” y en especial a los sectores medios de la sociedad, la presión y la competitividad era muchísima. Competía con los colegios de esta misma red y la comparación siempre se daba con respecto a establecimientos mixtos o para varones. De alguna manera querían demostrar que un colegio para niñas podía ser bueno y obtener incluso mejores resultados utilizando el mismo método educacional que otra institución, y aunque personalmente considero que el propósito podía no ser tan descabellado, la forma en que se daba en la práctica decaía un poco.

Pero también es necesario, destacar cualidades del método de trabajo que tenían en general los profesores del colegio y este era el fomentar grupos de discusión; grupo para un informe de química, trabajos en parejas de lenguaje o historia, tríos para revisar las pruebas de matemática, por nombrar algunos. Y si bien esto podía generar ciertas rencillas entre los grupos al interior del curso, internamente en los grupos parecía haber cierto orden, o al menos yo tuve esa fortuna. Coincidía con los gustos y talentos variados de amigas. Existía compenetración y confianza en lo académico entre todas a pesar de que ninguna fuera de las más destacadas del curso, cada una tenía su punto fuerte: historia, matemática, biología y lenguaje. ¿Por qué mencionarlo? Porque supongo que es parte de lo que debiera ser la experiencia escolar, un compartir de saberes y el apoyo entre todos para resolver la tarea; dentro del grupo nadie copiaba la idea de nadie, tampoco se dejaba que quien más supiera lo hiciera todo sino que era una ayuda constante para hacer que todas entendieran, y que si el profesor no podía con su método ayudar a alguna a aprender, estaba esta compañera que sabía un poco más que podía orientar el saber de la otra.

A veces, vale más tener buenas compañeras y equipo de trabajo que tener un buen profesor, al menos así lo dicta mi experiencia. Considerando que a mí desde una temprana edad siempre se me complicaron las matemáticas en extremo (y que eso conllevó bastante frustración y creó rechazo por esa área que aún no adoro), desde que conocí a mis amigas, gracias a su ayuda llegué incluso a tener promedios que superaban el 6.0, algo impensado y que seguramente jamás hubiera logrado sin tener esa constante ayuda y disposición que no había encontrado en mi profesora de esos años. 

Pienso que como futuros docentes, debemos siempre recordar nuestra experiencia en el colegio: lo bueno, lo malo y lo que nunca fue. Recordar que todos son distintos y que tienen diferentes intereses y gustos, recordar que no es una etapa sencilla, que aunque nuestros padres y la sociedad se encargan de decir siempre que el colegio es la única preocupación, no lo es; que existe una persona que está creciendo y se está formando, que será un adulto que es resultado de las buenas y malas decisiones que tome, y que un profesor, un amigo o incluso un ambiente, puede afectar en esas decisiones.



Por Stephany Parra